Otro reto de América Central (o la imposibilidad de almorzar micro-chips)
Por Jaime Ordoñez
¿Cuál es la diferencia entre un campesino de Quetzaltenango en Guatemala, de Olancho, Honduras o de Rivas en Nicaragua con un agricultor holandés, francés, o un porcicultor de Iowa, en EE UU? La respuesta es muy simple: que el centroamericano tiene que luchar contra un subsidio de casi 60 mil millones de euros al año de la UE para sus colegas europeos y de cerca de 65 mil millones de dólares al año por parte del Gobierno Federal en Washington para los agricultores estadounidenses.
Y los centroamericanos, por su lado, producen en solitario, a puro pulso, sin mayores ayudas estatales, luchando contra esos subsidios. Y, más recientemente, contra un nuevo fantasma: los bajísimos precios de producción agrícola de China. Si no, pregúntenle a los frijoleros de Costa Rica.
Los números son aterradores porque demuestran la asimetría entre los países de la OCDE y nosotros. De acuerdo al Comisario de presupuesto de la Unión Europea, Janusz Lewandowski, el presupuesto de la UE para el año 2011 es unos 130 mil millones de euros, y cerca del 40% de esa suma se dedicará a subsidios agrícolas.
Los principales receptores de las ayudas pertenecen a países que están representados en el G8, lo cual demuestra que una clave de los países altamente desarrollados son los apoyos agrícolas. No todas son de cal. También hay asimetría en el Primer Mundo.
En Alemania, el 14% de los principales productores agrícolas reciben el 65% de las ayudas. En Francia, el 29% de los mayores productores agrícolas recibieron el 7% de las ayudas. En Gran Bretaña, el 31% de los principales productores obtuvieron el 84% de las ayudas. En Italia, el 1,6% de los principales productores obtuvieron el 34% de las ayudas, según indica Oxfam International. En cualquier caso, el mercado en el Primer Mundo crece a partir de una fuerte alianza con el Estado y las políticas públicas.
Aquí en América Central hemos hecho lo contrario. Como resultado de un malinchismo ideológico y enfermizo (que nos hizo desmontar las políticas públicas en los años 80´s y 90´s), no entendimos esa regla de oro. Eliminamos casi todos los subsidios y apoyos a los productores agrícolas, dejándolos en la estacada, desamparados a su suerte. Mala decisión.
En una columna previa argumentaba que las políticas agrícolas y alimentariasestán estrechamente ligadas a la seguridad nacional y a la democracia por dos razones.
Primero, porque garantizan los equilibrios campo-ciudad, uno de los principales preventores de pobreza resultantes de la migración interna.
Segundo, porque garantizan la seguridad alimentaria, una de las formas de la seguridad nacional. Los EE UU lo tiene muy claro desde los años 30´s, desde Rossevelt. Algunos bienes no son enajenables, porque están ligados a la seguridad nacional: las carreteras; los puertos; el petróleo y, además, los alimentos. Son los colchones de una sociedad.
A pesar de no estar casi nunca en la agenda de las Cumbres Presidenciales de América Central, uno de los temas más urgentes de los próximos años del istmo deberá ser revisar integralmente su política agrícola y su política alimentaria.
Nuestros jefes de Estado deberían entender que parte consustancial de la democracia es un sector productor nacional competitivo y no empobrecido.
Sobra voluntad política para abrir zonas francas, exentas de impuestos (otra forma de subsidio), para las grandes empresas multinacionales de tecnología. Excelente. Pues el mismo tratamiento merecen los productores agrícolas nacionales. Al fin y al cabo, nunca se ha visto a nadie almorzando o cenando un teléfono celular.




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